domingo, 24 de abril de 2011

Primera y última parada


En el momento en que Víctor entró en aquel autobús de línea con la cara manchada por los besos de la lluvia, sintió la extraña sensación de que todo a su alrededor emanaba un resplandor familiar. Ese sentimiento común y normal que tienen las personas alguna vez en su vida de haber vivido lo que pasa en ese preciso momento, un dejá vu extraño durante unos segundos pero relegado al olvido en los siguientes instantes.

Sin darle demasiada importancia a una corazonada cada vez más real, pagó su viaje y se sentó casi automáticamente en el mismo lugar que ocupaba todos los días desde que subía a aquel sucio autobús para asistir a clase. Se colocó los auriculares como cada mañana para que estos acallaran el mundo y así chocar con su evasión finita, un “silencio” que odiaba y amaba al mismo tiempo. Daba paso a una fracción de su ser para él mismo, sin tener que mirar a nadie más solo al cielo que hoy se mostraba gris y blanquecino y que se abría tras la ventana, imaginándose libre de la mirada valorativa de los demás y sus eternos prejuicios cada vez mas predecibles. Pero al mismo tiempo le recordaba que estaba obligado a caminar sobre el suelo que había visto sus fracasos, donde arrastraba su infelicidad sobrellevando la enfermedad de ser él mismo.

Cuando por fin el chico posó su mirada desganada en el asiento de enfrente, se dio cuenta de que alguien ocupaba ese lugar. La reacción de asombro al ver a aquella chica conjuró la parada del tiempo y así, Víctor pudo observarla con cuidado deteniéndose a estudiar cada detalle de su ser. Sus ojos miraban a la lejanía, pensando más allá de esas paredes cristalinas que encerraban su belleza. Su boca describía una mueca anhelante, algo que hacía que sus labios se entreabrieran para dejar pasar el fino aire y saborear el frio invernal. Su expresión de tristeza absoluta daba la sensación de destrozarla con solo tocarla, tan frágil como porcelana fina en manos de un crio. Sus manos entrelazadas entre sí despedían un aroma a papel de libro, como si nadie las hubiera tocado nunca. Un aroma que ahora él inspiraba y expiraba sintiéndose renacer lentamente, pero a paso seguro.

El tiempo volvía despacio a su ritmo normal mientras Víctor no podía apartar la vista de aquella luz, hechizado por su contoneo que bailaba al son del traqueteo de ese autobús de línea. Entonces como súbita bofetada, recordó el sueño que había tenido esa misma noche. Se dio cuenta de que todo lo había vivido con una realidad abrasadora. Había visto, sentido, tocado, olido y amado a aquella chica en ese autobús, aquel mismo día y a esta hora en los recovecos de su subconsciente. Fatídicamente no podía recordar lo que pasaba a continuación que no fuera hasta donde él estaba viviendo. No importaba cuanto se esforzara, los recuerdos estaban tristemente bloqueados.

La mente de Víctor empezó a sobrevolar los cielos de la suposición. Imaginó todo lo que anhelaba de otro ser humano, y se dio cuenta de que estaba en ella ¿Amor juvenil y sin sentido? Puede ser, pero para él no había nadie más en el mundo. La gente normal se sentiría estúpida. Cuando bajaran de aquel autobús recordarían que solo es amor superficial, que no la volverían a ver jamás ya que la vergüenza le había vencido al fin, riéndose por ser tan ingenuos. Y Víctor no es que fuera muy diferente de ese tipo de gente, no era un héroe tímido y reconocido por llevarse a la chica gracias a su bondad y corazón. Era solo un chico, con demasiados pensamientos en la cabeza al cabo del día.

Cuando la chica noto que alguien la observaba, giró su cabeza lentamente hasta posar la mirada en los ojos de Víctor. Una repentina congoja azotó como un látigo el corazón de Víctor. Era una mirada pura, llena de curiosidad y sorpresa al encontrar los ojos del chico. Vista desde frente, era como volverla a descubrir. Como volver a observar un rostro ya olvidado por el tiempo.

- Hola - La voz de la chica era como un manantial turbulento.
- Hola – Víctor bajó la cabeza avergonzado por su atención, sin poder sostenerle la mirada.
- ¿Te conozco de algo?

La sorpresa de Víctor le recorrió el estomago, ya que era la primera vez en su vida que veía a aquella chica. Tal vez ella soñara con él también. Tal vez los dos estuviesen destinados a acabar juntos y ella estaría tan nerviosa y excitada como él. Su sueño estaba ante él, idílico como aquella situación y tan alcanzable como alargar la mano y dejar que sus sentidos hiciesen el resto.

No sabía cómo ni por qué pero una extraña valentía que no iba con él empezó a subir como la espuma.

- ¿Tu también tienes la misma sensación? ¡Lo sabía, es el destino! Esta noche he tenido un sueño donde pasaba exactamente lo que está ocurriendo ahora. Tú también debes de haberlo tenido, por eso te resulto familiar ¿no?
-¿De qué estás hablando?

La gente de alrededor observaba extrañada la situación que se producía. Víctor había aprendido a ignorar esas miradas cargadas de vergüenza ajena. Permanecían callados, expectantes de ver qué pasaba a continuación, esa patética actitud que siempre había detestado con todo su corazón, y que consistía en observar la vida de las demás personas para hacer la propia más interesante. Y si esa persona hacía el ridículo, mejor. Así se sentían bien. Se sentían normales.

-Lo siento chico, pero creo que estás loco. Esas cosas que dices no tienen ningún sentido.

Afortunadamente para ella, el autobús llegó a su parada, por lo que no tuvo que aguantar mucho tiempo la mirada de incredulidad y dolor de Víctor. Había sido un estúpido. Se había dejado guiar por la emoción, y eso era algo que él nunca había hecho. Su vida había sido pasar desapercibido entre la masa, la emoción y exaltación era algo vetado para él, porque implicaba una reacción y toda reacción era perceptible a los demás, haciendo que destacaras y a la larga, fracasaras.

Salió de aquel sucio autobús deseando no haber subido nunca. La lluvia seguía cayendo con fuerza y disimularon las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. “¡Era el destino!” pensó una última vez. Que estúpido. Los sueños no existen. Tampoco el destino. Solo estamos vinculados a nuestras acciones momentáneas. Ese día, Víctor abandono y perdió algo más que su dignidad, perdió la voluntad de luchar por sus sueños, algo que le igualaba a la masa que tanto odiaba. Quedo obligado a seguir caminando por el mismo camino árido que conocía tan bien. Solo con su tristeza. Solo con sus recuerdos.

Víctor despertó sobresaltado. Miro la hora en el reloj digital de su mesita. Las siete en punto. Todavía faltaban 2 horas para ir a trabajar. Se inclino sobre su amada que dormía profundamente a su lado. Con los años, su boca no había perdido esa expresión anhelante. Víctor se inclino para besarla, despertándola al hacerlo.

-Lo siento. Te he despertado.
-¿Qué haces despierto a estas horas? – Su voz dormida afloro una sonrisa en la cara de Víctor.
-Solo he soñado con nuestro primer encuentro.

Momentos después, Víctor recordó como había renunciado a ser como había sido todos esos años, quizás por primera y última vez en su vida, y había decidido luchar por ella persiguiéndola en aquella parada ¿Era valiente Víctor? A mi parecer, no lo era para nada, solo tenía una cosa, con total y absoluta claridad: un veneno llamado amor.

-Me alegro de que me persiguieses ese día.
-Vuelve a dormir, cariño. Todavía no es de día.

Víctor acaricio su pelo algodonado y se tumbo a observarla tan detenidamente como aquel día, al menos hasta que el amanecer irrumpiera como un ladrón por la ventana.

“Era el destino”, pensó Víctor sonriendo.

lunes, 11 de abril de 2011

Papel negro


Dicen que no sabes realmente lo que es la sed hasta que por primera vez, pruebas el agua. Nunca supe realmente que era estar enamorado hasta que empecé a pensar en ti. La sola idea me quemaba como fuego en mi cerebro, sin que pudiera hacer nada más que dejarme llevar por un perfume que me olía a viejos anhelos olvidados por un tiempo tópico y monótono. Al menos así era mi idea de lo que en un tiempo, cuando era un niño, leí en algún libro, o vi en alguna película lo que yo creía que era el amor.

Siempre me definí como un ser que se deja llevar, arrastrado por una corriente de cotidianeidad que estaba atada al deseo de seguir adelante, antes de encontrarme con algún problema de los que huía constantemente. Así era mi relación con mi mujer, irreal santa que permitía que un fracasado como yo sintiese que todo iba bien cuando los dos sabíamos de sobra que algo no funcionaba.

Empecé a preguntarme si estaba loco. Cuando te veía en mi salón, después de que todos durmieran en una casa fantasma, deseaba que no fueras etérea, que me susurraras tu nombre para estar seguro de lo que eras. Aparecías con tu terciopelo negro a modo de vestido, y tus manos de puntas pintadas de negro que rozaban las mías cuando tu querías. Me susurrabas que te buscara, mientras yo lloraba arrodillado ante ti, pidiéndote que me llevaras contigo. La noche era eterna, y eterna era nuestra canción de nunca acabar. Y así me encontraba mi esposa al día siguiente, durmiendo borracho en el sillón de terciopelo, todavía impregnado por ese perfume tan idílico que no sabía si era producto de una resaca mal avenida.

Realmente estaba enamorado sin saber de qué. Realmente deseaba dejar todo lo que había sido fácil y sencillo.

Realmente te deseaba.

Precisamente hoy, el único día desde hacía mucho que había intentado olvidarte y me había reunido a regañadientes con mi esposa en la cama, volví a oler tu aroma. Esperé hasta que todo estuviera en el más absoluto silencio para lanzarme al vacío desde mi cama y bajar las escaleras de casa hasta el salón. Veía pétalos negros en los peldaños y mi corazón suicida golpeaba los barrotes de su encierro. Un viento repentino me arañó el rostro cuando por fin te vi sentada en el sillón.

El mundo duele menos, mucho menos si te miro.

Me indicaste que me sentara a tu lado, pero mis nervios me impidieron acercarme. Cuando te levantaste y cogiste mi mano, por primera y única vez dejaste de ser etérea. Realmente sentí tu tacto, tu ropa revoloteaba en torno a mí, atrapándome, enjaulándome.

Cuando nos sentamos te fuiste acercando poco a poco, hasta que tus labios se estrellaron contra los míos. Sentí el abismo. Una negrura envolvente como tu ropa. Una escamada paz incomoda. Ya no dolía nada, ni siquiera el mundo. Mi cabeza por fin se despejó de todo lo que me atormentaba. Vi tu rostro una última vez mientras caía a cámara lenta. ¿Por qué no me salvas? ¿Acaso nuestras conversaciones fueron solo pasatiempos de unas noches comatosas y etílicas, sin más que hacer que dejarte llevar por mi supurante herida oral? Entonces comprendí, justo en el momento en que me estrellé contra el suelo. Y ese instante de comprensión que ahora se vuelve irrelevante, me formulé una pregunta que hasta ahora sigue enloqueciéndome, afeitándome la piel del corazón día a día mientras escribo sobre papel negro, como tu terciopelo.

¿De verdad amé a la muerte?

jueves, 7 de abril de 2011

Ida y vuelta


Camino por un pasillo largo y estrecho, temeroso pero seguro de que al final se encuentra una respuesta. Mi respuesta. No sé ni siquiera la pregunta, pero sé que alcanzarla será mi revelación, algo que llevo esperando tanto tiempo.
Atravieso la puerta que hay al final de esa oscura estancia. En la habitación cuadrada en la que me encuentro no se ve luz alguna, sin embargo todo resplandece suavemente. En el centro de la habitación permanece impasible un hombre al que no se le ve el rostro. Solo mirarlo me produce miedo y odio. Detesto a ese ser. Detesto no saber por qué se encuentra aquí, por ello formulo mi deseo en voz alta.

-¿Quién eres? - Sueno educado como siempre.
-Conmigo no emplees ese tono de mierda. No tienes secretos para mí. Buscas respuestas ¿verdad? ¿Que es lo que no encuentras?

Era una pregunta extraña, pero definía muy bien mi estado.
“No encontrar”.
Así era como me sentía. No sabía qué era lo que buscaba, pero de seguro que no lo encontraba en ninguna parte, cansado arduamente de buscar.

-¿Perdón?
-¿Que es lo que falla en tu vida? ¿A que le achacas tus fracasos?

Mis fracasos… Son tantos. No solo he fracasado hacia los demás si no hacia mí mismo. Quizás no me dejaban avanzar. Es el mundo con su estúpido girar interminable, acunando a hombres malvados que no dejan a las buenas personas prosperar y ser felices. Sin dudar dije las palabras que salían de mi corazón.

-A los demás.

El hombre rió. Detesto su risa estridente cargada de saliva que sale de su boca a borbotones cuando habla. Le odio.

-¿A los demás? Es lo más fácil ¿no? Echar la culpa a los demás de las debilidades de uno mismo.
-Yo no soy débil.
-¡Mientes! Eres una escoria repugnante. Crees que eres el bueno, pero con tus acciones solo intentas ser una pieza de un gigantesco puzle humano. ¿Buscas reconocimiento de la gente a la que supuestamente detestas? Eres victima de tu propia contradicción. Y aun siendo consciente de ello, permites que tus deseos y debilidades se escuden dentro de tu ser, olvidando quien eres. ¿Y sabes porque olvidas quien eres?

El corazón me latía fuertemente. No sabía que estaba pasando pero tenía que hacer que ese hombre se callara. Tenía que matarlo.

-Olvidas quien eres porque eres un cobarde. La aceptación ha hecho de ti lo que ves. Una patética existencia vinculada a satisfacer a los demás, sin importarte la propia identidad. Y sin identidad, no eres nadie. Sin identidad eres un muerto. Sin identidad, jamás exististe.
-¡Basta!

Me lance hacia él con la rabia encendida por la chispa de la verdad. Hice que el hombre callera al suelo. Sin embargo, antes de que pudiese hacer nada, el hombre saco un cuchillo que hundió fuertemente en mi pecho. Antes de que la muerte acaeciera sobre mí, vi que ese asqueroso ser se estaba muriéndose también, sangrando a borbotones por una herida en su propio pecho. Vi su rostro moribundo antes de que ambos nos sumiéramos en el mismísimo infierno, donde podríamos odiarnos eternamente.

Era yo.

miércoles, 6 de abril de 2011

Alfa


Mi pluma empezó a escribir un día. Lo hizo sin avisar, retazos trazados con la dudosa maestría del novato que permanecían en mi cabeza, ese fue el comienzo. Después de eso, ya nada fue igual. Maduró hasta salir de su prisión efímera y verterse sobre un papel incomprendido. La comprensión razonable que todo escritor busca nubló mi juicio durante demasiado tiempo. Ahora he despertado y este blog será el lienzo que utilizaré para pintar mis relatos, cuentos y pensamientos.

Bienvenidos a la Plumaversa, mi rincón de reflexión compartida.