jueves, 7 de abril de 2011

Ida y vuelta


Camino por un pasillo largo y estrecho, temeroso pero seguro de que al final se encuentra una respuesta. Mi respuesta. No sé ni siquiera la pregunta, pero sé que alcanzarla será mi revelación, algo que llevo esperando tanto tiempo.
Atravieso la puerta que hay al final de esa oscura estancia. En la habitación cuadrada en la que me encuentro no se ve luz alguna, sin embargo todo resplandece suavemente. En el centro de la habitación permanece impasible un hombre al que no se le ve el rostro. Solo mirarlo me produce miedo y odio. Detesto a ese ser. Detesto no saber por qué se encuentra aquí, por ello formulo mi deseo en voz alta.

-¿Quién eres? - Sueno educado como siempre.
-Conmigo no emplees ese tono de mierda. No tienes secretos para mí. Buscas respuestas ¿verdad? ¿Que es lo que no encuentras?

Era una pregunta extraña, pero definía muy bien mi estado.
“No encontrar”.
Así era como me sentía. No sabía qué era lo que buscaba, pero de seguro que no lo encontraba en ninguna parte, cansado arduamente de buscar.

-¿Perdón?
-¿Que es lo que falla en tu vida? ¿A que le achacas tus fracasos?

Mis fracasos… Son tantos. No solo he fracasado hacia los demás si no hacia mí mismo. Quizás no me dejaban avanzar. Es el mundo con su estúpido girar interminable, acunando a hombres malvados que no dejan a las buenas personas prosperar y ser felices. Sin dudar dije las palabras que salían de mi corazón.

-A los demás.

El hombre rió. Detesto su risa estridente cargada de saliva que sale de su boca a borbotones cuando habla. Le odio.

-¿A los demás? Es lo más fácil ¿no? Echar la culpa a los demás de las debilidades de uno mismo.
-Yo no soy débil.
-¡Mientes! Eres una escoria repugnante. Crees que eres el bueno, pero con tus acciones solo intentas ser una pieza de un gigantesco puzle humano. ¿Buscas reconocimiento de la gente a la que supuestamente detestas? Eres victima de tu propia contradicción. Y aun siendo consciente de ello, permites que tus deseos y debilidades se escuden dentro de tu ser, olvidando quien eres. ¿Y sabes porque olvidas quien eres?

El corazón me latía fuertemente. No sabía que estaba pasando pero tenía que hacer que ese hombre se callara. Tenía que matarlo.

-Olvidas quien eres porque eres un cobarde. La aceptación ha hecho de ti lo que ves. Una patética existencia vinculada a satisfacer a los demás, sin importarte la propia identidad. Y sin identidad, no eres nadie. Sin identidad eres un muerto. Sin identidad, jamás exististe.
-¡Basta!

Me lance hacia él con la rabia encendida por la chispa de la verdad. Hice que el hombre callera al suelo. Sin embargo, antes de que pudiese hacer nada, el hombre saco un cuchillo que hundió fuertemente en mi pecho. Antes de que la muerte acaeciera sobre mí, vi que ese asqueroso ser se estaba muriéndose también, sangrando a borbotones por una herida en su propio pecho. Vi su rostro moribundo antes de que ambos nos sumiéramos en el mismísimo infierno, donde podríamos odiarnos eternamente.

Era yo.

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